ReliquiaMadre_bannerNovena a la Beata María de Jesús Crucificado.

(del 30 de junio al 8 de julio, con textos de la Beata)

  1.  Canto
  2.  Ofrecimiento del día, como lo hacía la Beata Madre fundadora.

Dios mío, Eterno Padre

Dios mío, Eterno Padre, heme aquí delante de tu infinita majestad, humildemente te adoro. Te confío todos mis pensamientos, palabras y acciones de este día. Quiero hacerlo todo por tu amor y tu gloria. Quiero cumplir tu voluntad divina y estar iluminada por los misterios de la fe. Confío en tu misericordia y te pido, por tu divina justicia, perdones mis pecados. En una palabra: quiero seguir obrando a ejemplo de Jesucristo y María y de todos los santos y santas. Recibe, Dios lleno de bondad, este sacrificio que te ofrezco con todo mi corazón. Dame tu santa bendición para que jamás por ningún motivo me separe de ti. Amén.

  1. c) Meditación correspondiente a cada día.
  2. d) Silencio
  3. e) Oración a la Beata María de Jesús Crucificado (Pag. 14)
  4. f) Oración final: Beata María de Jesús Crucificado, intercede por nosotros y ayúdanos en nuestro camino de fe, para que realicemos nuestra misión como lo hiciste tú y para que nos entreguemos totalmente a la voluntad de Dios, recibiendo de Sus manos, todo lo que Él permita para nuestro bien.
  5.  Canto

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Primer día.
Decisión fundamental: Opción por Cristo.

La decisión más importante en la vida de todo creyente es la opción por Cristo. María de Jesús Crucificado era consciente de ello, por eso lo expresa así:

Amar a Dios con toda el alma y con toda la mente. Vivir y trabajar por amor a Él. Amar a todos, mirando al Padre Celestial. Hacer el bien a todas las personas. Perdonar a todos y no juzgar a nadie. Consolar a los tristes y afligidos. Ayudar a los pobres y necesitados. Entregar la propia vida como sacrificio de amor y expiación en reparación de las ofensas del mundo.

María de Jesús Crucificado se inspira en estas líneas del Evangelio:
Déjalo todo, ofrécelo a los pobres, ven y sígueme” (Mc. 10,21)

De esta manera declara con plena convicción, su total pertenencia a Jesús, mediante la oración constante, dirigida a Él para que le fortifique en este camino. Además es consciente del voto perpetuo que había hecho a Dios cuando tenía 14 años, prometiendo su exclusiva donación a Cristo su Esposo: ¡Jesús,  mi Ideal! Aquí estoy, lo dejo todo y voy contigo. Solo te pido ayuda y fuerza en el camino de la vida; fortaleza en la lucha, en el sufrimiento, en  las tentaciones. Que sufra mi alma, beba del vaso amargo, sin consuelo y que no olvide jamás que es la víctima del sufrimiento. Recuerda, alma mía,  el voto eterno que hiciste a la edad de 14 años. Todo lo ofreciste a Jesucristo, por su amor lo elegiste a Él como tu esposo. Mantente fiel. Guarda tu pureza y que tu corazón permanezca siempre puro para que puedas recibirlo y reflejarlo, alabarlo y contemplarlo. Que la inocencia y sinceridad se reflejen en ti. Que la justicia sea tu lema.

Lo que María de Jesús Crucificado se exige a sí misma es también para nosotros un desafío personal. Tomemos la decisión de pertenecer a Jesús y pidámosle que nos guíe por este camino.

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Segundo día.
Opción por Cristo: María ante al Santísimo.

Consagrarse a Cristo, significa estar con Él. Buscar siempre su cercanía. María experimenta la presencia de Jesús en su vida. Dialoga íntimamente con Él, lo siente muy cercano, especialmente en el momento de recibir la Sagrada Comunión o en su visita al Santísimo.

¡Misericordioso Señor y amadísimo Redentor del alma mía!
Creo firmemente que Tú estás en la Hostia sagrada, Dios y Hombre verdadero, junto con el Padre y el Espíritu Santo.
Te adoro con la máxima sinceridad y con todo mi corazón. Uno mi ofrenda a los dones que te ofrecieron todos tus beatos  en el cielo y en la tierra. Te doy gracias por el inmenso amor de tu Encarnación. Viviste la humanidad, soportaste la Pasión y Muerte por mi salvación y nos dejaste el Sacramento divino, en el que permaneces siempre, para que me fortalezca  hasta la eternidad. Me arrepiento profundamente de los pecados con los que te ofendí y entristecí, ¡Tú que eres Bondad y Amor infinito!  Me apoyo en tu ayuda y me propongo no ofenderte nunca más con mi indiferencia, porque te amo más que a todas las cosas. Te ofrezco todo lo que soy y todo lo que tengo. Te pido, mi bondadoso Jesús, que me des una fe viva, una esperanza fuerte, un amor apasionado, un sincero arrepentimiento y el gran don de hacer el bien en todo momento. Dígnate recordar esta mi visita en el momento de mi muerte, defiéndeme y consuélame con tu Santísimo rostro en el momento del peligro de perder mi salvación. Ayúdame mi buen Jesús, a recordar todas las promesas que hoy te hago y quédate a mi lado. Amén.

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Tercer día.

Fidelidad del Señor: A pesar de nuestros pecados, Jesús permanece siempre fiel.

María de Jesús Crucificado, es consciente de sus imperfecciones y faltas, pero a pesar de todo tiene confianza en la fidelidad y el amor de Jesús. Él siempre ve nuestros esfuerzos y no nos abandona jamás. Aún cuando nos parece que le hemos traicionado, Él siempre permanece fiel y nos consuela.

Jesús, Amor mío, aquí me tienes, te amo mucho. Permíteme que te ame, ideal de mi alma, belleza del cielo y de la tierra. Tú me extasías. Tus ojos son más limpios que el sol, más profundos que el mar y el cielo azul, en ellos se refleja la maravilla celestial que apasiona mi alma. Tu boca está llena de rosas, de misteriosa belleza, llena de suavidad y amor. Señor, yo miserable pecadora, me atrevo a mirarte porque el amor que pruebo es más fuerte que mi indignidad. Permíteme que me postre ante tu rostro. ¡Señor, ten misericordia de mi!

Quiero que sepas cuánto te amo. Dejé todo por ti, todo, mi Señor. Te ruego vengas a  mí, Tú que eres el amor de este sufrido corazón. Desciende y ven a mí, Esposo mío, haz de mi corazón tu morada, para que mi alma se una a la tuya y muera en esa gloria.

¡Ven Salvador mío! ¡No desprecies la morada de mi corazón! Tú eres mi descanso!

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Cuarto día. 

Dios desea ser amado: Respuesta al Amor.

Ya San Francisco experimentó que “el Amor desea ser amado”. Dios, aunque es Omnipotente y sublime, quiere ser amado por todas sus criaturas. La creación entera alaba al Señor y en ella cada criatura lo hace a su manera. Pero lo que Dios más desea es el amor de los hombres. Los santos experimentaron y atestiguaron este amor de diferentes maneras. Entre ellos se encuentra también María de Jesús Crucificado que experimentó cuánto Dios deseaba ser amado por ella:

Señor Jesús, ¿cómo devolverte todo lo que hiciste por mi? Dios mío, eres tan amable y tierno y quieres que te amemos, pero, ¿por qué nos diste un corazón tan pequeño? ¡Jesús mío te amo!, Te amo, mi Dios y mi Todo. Dios mío, de rostro inmensamente bello, Tú eres mi razón de ser y mi destino, mi alma suspira por ti, desea estar unida a Ti ¿Qué cosa tengo en el cielo y en la tierra aparte de Ti? ¡Si pudiera tenerte, libre del peligro de que alguna vez pudiera perderte!

¡Dios de mi corazón, Tú eres mi eternidad! ¡Tú eres verdaderamente mi Dios y mi Todo. ¿Mi Señor, cuándo podré entrar en tu gozo donde nada podrá separarme de tu amor, donde nada impedirá que haya paz en mi corazón?

Cuando te vea en el cielo, oh Dios, que yo sea feliz en tu beatitud. ¡Amor mío y Dios mío! Mi alma muere por Ti; haz que yo sea solamente tuya. ¡Agrega mi pequeña alma en el mar inmenso de tu divinidad! ¿Por qué no puedo ir a Ti Señor? Libérame de las cadenas que oprimen mi alma en este frágil cuerpo. Mi único consuelo es, que en la tierra te tengo en mi corazón, que Tú vives en mi, y yo en Tí.

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Quinto día.
El Amor en el perdón: Perdonarse a sí mismo y a los demás.

Amar significa sufrir. La vida consagrada a Dios, el amor donado y recibido, no está libre del dolor y el sufrimiento. Cada ofensa e infidelidad al Amado, hace sufrir al que ama y al que es amado. María de Jesús Crucificado también tuvo esa experiencia:

¡Jesús, mi Dios y mi Todo, amado Esposo de mi alma, amable Salvador, mira el dolor vivo de mi alma, por las infidelidades e ingratitudes con la cuales herí tu Sagrado Corazón. ¡Qué cosa  no hiciste para conquistar mi ingrato corazón!

Mi Dios de amor y Salvador mío, mírame postrada a tus pies en el dolor de mi arrepentimiento.

Te pido perdón por mi grave ofensa. Desde ahora mi amado Salvador, renuncio a todas las vanidades de este mundo y a todo amor hacia las criaturas. Sólo Tú, Jesús, desde ahora en adelante, serás la única razón de mi más tierno amor y el único consuelo de mi corazón. Sí, Jesús mío, que así sea. Te ofrezco mi corazón, siempre consagrado a tu amor, para que ni la muerte pueda separarme de ti. ¡Oh Sacramento de amor y de bondad! Fortalece los lazos de amor con que unes, mi pobre corazón al tuyo. ¿Quién me separará de Ti, mi Dios y mi Todo? ¿A quién buscaré sino a de Ti, Dios mío? ¡Sólo en Ti encuentro mi paz y descanso!  ¡Jesús mío, por Ti vivo, Jesús mío por Ti muero, Jesús mío, tuya soy viva y muerta!

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Sexto día.

No ceder a la tristeza: Sólo el alma alegre alaba a Dios.

 A veces nos sentimos deprimidos y cedemos a la tristeza que turba el espíritu y el cuerpo, sobre todo cuando la autocompasión invade nuestros pensamientos y sentimientos. Sólo con un espíritu alegre y una visión positiva podemos superar toda tristeza. María de Jesús Crucificado sabía cómo resistir a esta tentación y elevar su mirada hacia la fuente de serenidad y alegría:

La tristeza causa daños al cuerpo y al alma. El hombre triste y afligido no es capaz de hacer ningún bien. La tristeza puede ser motivo para ceder a muchas tentaciones.

La tentación nos ataca en el momento de la desesperación y depresión y nos muestra el dulce fruto prohibido para hacernos caer. Comienza a hablarnos en contra de Dios, desanimándonos en las dificultades de la vida espiritual; busca desviarnos del espíritu de lucha para arrastrarnos al placer. Nuestra alma no puede existir sin la alegría, por eso, tenemos que saber que si no vivimos en el gozo del Señor, nuestra alma buscará otros goces, por ello debemos estar atentas  a no caer en la tentación. La tristeza provoca la muerte. Todo mal viene de la tristeza del corazón. La tristeza aflige el corazón y le quita las ganas de trabajar. Si hemos pecado en contra de Dios, lloremos y pidámosle que nos perdone, que tenga piedad de nosotros: “Devuélveme la alegría de tu salvación y fortaléceme con tu Espíritu” (Salmo, 50,14).

Devuélveme la alegría que sentía en Ti, antes de haber pecado. Cuanto más perfecta es la pureza, el alma es más alegre, brilla más ante Dios, y tiene mayor capacidad de que en ella viva y se refleje la imagen del Altísimo y que así reciba la luz de todas las virtudes. La pureza irradia al cuerpo de delicadeza y belleza celestial. Ofrecer reparación a Dios y cumplir Su Voluntad, esa es mi gloria y mi única alegría.

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Séptimo día.

Rechazar el pecado: Es mejor morir antes que  pecar.

Todo cristiano siente una sensación de abatimiento ante Dios después del pecado y de la injusticia  cometidos. Nosotras no estamos exentas. Por eso, cuando pecamos tenemos la oportunidad de arrepentirnos, acudir al Padre y pedirle que nos purifique y nos libere de las penas merecidas. María de Jesús Crucificado, recurre a Dios expresándose así:

¡Dios, Omnipotente y eterno, Padre, Hijo y Espíritu Santo! Escucha el clamor y único anhelo de mi pobre corazón, la ardiente plegaria de mi alma y el  gemido de mi vida. Sería  mejor que yo muriese en este momento, esta misma noche, que sea enterrada en la fría tumba y que mi alma sea despojada de toda bienaventuranza, antes que ofenderte a Ti, mi única beatitud. A Ti, me has consagrado para siempre, mi único amor, mi única alegría, el único fin de mi vida. ¡Soy tuya! ¡No rechaces a esta pecadora tuya y no la dejes en poder de Satanás! ¡Soy tuya! ¡Haz de mi lo que quieras! Ya sea arrojarme al tormento o al fuego, solamente no me abandones en mi debilidad, no permitas que te ofenda con mi pecado. Jesús, prefiero la muerte y todo mal, hasta la pérdida de mi tesoro más querido, mi amada Congregación, que te lleves a todas mis queridas y amadas hermanas, que me quede ciega, herida, con dolor hasta mi muerte… ¡prefiero todo esto, que ofenderte a Ti, belleza eterna, amor celestial, Dios de mi corazón!

A mí, miserable pecadora, concédeme tu perdón. Recibe, en reparación, mis lágrimas y el dolor de mi atribulado corazón. Dios Omnipotente, te ofrezco las heridas y la preciosísima Sangre de tu amado Hijo Jesús, en reparación de mis pecados.

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Octavo día.

Consolar a Jesús en su humanidad.

María de Jesús Crucificado ve en Jesús al Dios y hombre. Reconoce su  dolor y su anhelo de ser consolado. Revivamos los sentimientos de ternura y sensibilidad de esta enamorada de Cristo Crucificado:

¡Mi Amor está crucificado!

Permíteme, Amor mío Crucificado, permanecer contigo en la cruz hasta la muerte. Dame al menos una señal: Concédeme que pueda abrazar y amar la imagen de tu cuerpo crucificado y morir en el dolor del amor. Permíteme sacar tus clavos e imprimirlos con ardor en mi corazón infiel; que Tú puedas descender de tu cruz y reposar en mi abrazo pecador pero puro. Con mis lágrimas quiero limpiar tus pies y curar tus llagas, suavizarlas y secarlas con mis besos.

Reclina tu santísima cabeza sobre mi corazón y deja que te saque la corona de espinas y la coloque sobre la mía. Así podré acariciar tu santa frente y besar con mucho amor y ardor  tu cabeza herida. Permíteme que te abrace y consuele, Amor mío crucificado. Soy la causa de tu sufrimiento, por eso te abrazo con lágrimas y dolor. Amor mío yo te he crucificado, pero no quería hacerlo, sólo deseaba amarte y consolarte, y en cambio sólo te ofendí. Perdóname, perdóname.

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Día noveno.

Hacer propósitos: cumplirlos con la mirada puesta en el Señor.

María de Jesús Crucificado fue consciente de lo nocivo que es el pecado y el alejamiento del Señor. Por eso, tomó la firme decisión de rezarle para que la guarde con su gracia, no lo ofenda y no se separe nunca de Él:

Vivir solamente para Dios, amándole sobre todas las cosas y negándose a sí mismo. Hacer todo por su amor. Cumplir en todo su Santísima Voluntad. Trabajar y rezar para que el mundo se convierta y vuelva a Dios.

Abandonarse en sus manos, tanto en el éxito como en el fracaso, uniéndose firmemente a Dios por el amor, entregándole totalmente la propia voluntad. Sufrir todas las tentaciones, dejándolas a la Voluntad de Dios. Pedirle solamente que no lo ofenda jamás. Antes morir que ofenderlo.

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MADRE, BEATA MARÍA PETKOVIC

ACOMPAÑADA DE LA MADRE GABRIELA TELENTA

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